Durante los últimos días me encuentro disfrutando de uno de los clásicos más conocidos de la literatura juvenil, ‘El Señor de las Moscas’, del también señor William Golding. En un alarde cultureta podría decir que lo estoy releyendo para enfocarlo desde la perspectiva de mi mente adulta, pero estaría faltando a la verdad: Ni me lo había leído hasta ahora, ni mi pensamiento es aún lo bastante serio como para analizar la obra con escéptica madurez.   Me hallo, pues, en un limbo existencial que me permite interpretar (a mi manera) los valores humanos y las salvajes atrocidades que se manifiestan entre unos niños perdidos que intentan sobrevivir en una isla desierta. De entre todos ellos, Ralph es elegido democráticamente como jefe y cabeza pensante de esta pequeña tribu de ingleses aburguesados. Ralph tiene madera de líder, es carismático y hábil comunicador, pero en la toma de decisiones no acaba de estar a la altura. La agilidad mental es una cualidad poco común incluso para los más listos. Sobre todo cuando la responsabilidad pesa sobre los hombros y el tiempo juega en contra de la duda.   Está visto que las agujas del reloj no se apiadan de nadie, y mucho menos cuando se trata de sacar adelante una campaña. Son momentos en que hay que optimizar hasta el último de los pensamientos para terminar varados en el maravilloso mundo de las ideas.  Y aquí es precisamente donde Golding y el protagonista de su historia vienen a cuento, ya que una acaba pensando en la publicidad hasta cuando está leyendo sobre playas, cocos y hogueras. Díganme, si no, en qué otra cosa se puede pensar al encontrarse con la conciencia de un preadolescente de ficción citando lo siguiente: “Si los rostros cambiaban de aspecto, según les diese la luz desde arriba o desde abajo, ¿qué era en realidad un rostro? ¿Qué eran las cosas?”.   Yo, por mi parte, levanto la vista del ajadísimo ejemplar de biblioteca y la cabeza empieza a funcionarme sola.  Me repito la última cuestión hasta que encuentro una respuesta que me sacie porque necesito que esas retóricas encajen en nuestro mundo y porque, de alguna manera, es la parte más bonita de todo esto. Los inconformistas de este club podemos cambiar no solo la luz, si no también el cristal e incluso el ojo con el que se perciben las cosas, e imaginarlas hasta llegar a lo que todavía no existe. Y no quería ponerme seria a estas alturas, pero me gusta pensar que para los publicistas las cosas son en realidad lo que nosotros queramos que sean.

Durante los últimos días me encuentro disfrutando de uno de los clásicos más conocidos de la literatura juvenil, ‘El Señor de las Moscas’, del también señor William Golding. En un alarde cultureta podría decir que lo estoy releyendo para enfocarlo desde la perspectiva de mi mente adulta, pero estaría faltando a la verdad: Ni me lo había leído hasta ahora, ni mi pensamiento es aún lo bastante serio como para analizar la obra con escéptica madurez.

 

Me hallo, pues, en un limbo existencial que me permite interpretar (a mi manera) los valores humanos y las salvajes atrocidades que se manifiestan entre unos niños perdidos que intentan sobrevivir en una isla desierta. De entre todos ellos, Ralph es elegido democráticamente como jefe y cabeza pensante de esta pequeña tribu de ingleses aburguesados. Ralph tiene madera de líder, es carismático y hábil comunicador, pero en la toma de decisiones no acaba de estar a la altura. La agilidad mental es una cualidad poco común incluso para los más listos. Sobre todo cuando la responsabilidad pesa sobre los hombros y el tiempo juega en contra de la duda.

 

Está visto que las agujas del reloj no se apiadan de nadie, y mucho menos cuando se trata de sacar adelante una campaña. Son momentos en que hay que optimizar hasta el último de los pensamientos para terminar varados en el maravilloso mundo de las ideas.  Y aquí es precisamente donde Golding y el protagonista de su historia vienen a cuento, ya que una acaba pensando en la publicidad hasta cuando está leyendo sobre playas, cocos y hogueras. Díganme, si no, en qué otra cosa se puede pensar al encontrarse con la conciencia de un preadolescente de ficción citando lo siguiente: “Si los rostros cambiaban de aspecto, según les diese la luz desde arriba o desde abajo, ¿qué era en realidad un rostro? ¿Qué eran las cosas?”.

 

Yo, por mi parte, levanto la vista del ajadísimo ejemplar de biblioteca y la cabeza empieza a funcionarme sola.  Me repito la última cuestión hasta que encuentro una respuesta que me sacie porque necesito que esas retóricas encajen en nuestro mundo y porque, de alguna manera, es la parte más bonita de todo esto. Los inconformistas de este club podemos cambiar no solo la luz, si no también el cristal e incluso el ojo con el que se perciben las cosas, e imaginarlas hasta llegar a lo que todavía no existe. Y no quería ponerme seria a estas alturas, pero me gusta pensar que para los publicistas las cosas son en realidad lo que nosotros queramos que sean.

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