El género humano tiene la dudosa suerte de contar con un montón de opinadores. No sin cierto sarcasmo, me refiero así a quienes dedican su tiempo libre a dictar sentencias sobre asuntos que en absoluto les competen. El abanico temático es amplísimo, pero sin duda son la creatividad y el diseño los temas que se posicionan como favoritos de estos individuos, por delante incluso de clásicos como la política y el fútbol. Me pregunto por qué, por ejemplo, a ninguno se le ocurriría inclinarse sobre los planos del arquitecto de su futura casa para comentarle que el muro de carga funcionaría mucho mejor un par de metros más a la derecha. Me respondo que será porque cada cual es experto en su materia y responsable de lo que hace hasta las últimas consecuencias. Menos mal.

Los opinadores, sin embargo, no son ninguna novedad. Podemos remontarnos a la Florencia del siglo XV y encontrarnos con la misma teoría en palabras de Leonardo da Vinci: “Mal haces si alabas”, dijo, “y peor si reprendes una cosa que no entiendes bien”. En este contexto me atrevo a imaginar a un opinador de la época exponiéndole al genio (inmerso en la creación de su ‘Última Cena’) los motivos por los que San Juan luciría mucho mejor con barba y sin melena. Encontrándose acto seguido con la aplastante razón de esta cita tan acertada.

Aunque lo peor de todo, y ahí es donde quería llegar, es cometer el error de dejarse influir por la ignorancia. Aceptemos críticas, eso sí, puesto que nadie posee la verdad mayúscula, pero también defendamos que el diseño no ha de enfrentarse a la comunicación, sino gustarse y gustar sin excepción. Admitamos pues, que no hay nadie más capaz de conseguirlo que el diseñador. Y si creen que me equivoco, por favor, opínenme. Gracias de antemano, veré qué puedo hacer.

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