Advertencia, a continuación se relata un episodio de terror no apto para estómagos geeks.   En la capa invisible de la sociedad, aquella ignorada por directivos de marketing y creativos subidos a la parra viven personas que pasan de los 40, no tienen Facebook y usan el móvil, básicamente, para llamar y despertarse por las mañanas. En contra de lo que pueda parecer y, aunque muchos de ellos no cuenten con un título universitario que lo avale, esta gente sabe leer, es inteligente y hace la compra. No viven en grandes ciudades y por eso, seguramente, sean los número 1 consumiendo, por ejemplo, coches. Aunque no compren muchos huevos, porque los tienen en casa, son fieles a las marcas de toda la vida y están convencidos de que la calidad hay que pagarla. Sus sueldos no son los más altos pero disponen de una situación económica buena, entre otras cosas, porque habitan en una casa en propiedad que han terminado de pagar a los treinta y pocos años.   A pesar de su aparente apacibilidad, algunas de estas personas viven con miedo. Sufren el temor constante de que su actual teléfono móvil deje de funcionar. Saben que tarde o temprano esto va a suceder, lo que supondrá tener que enfrentarse a la última amenaza que les acecha, los smart-phones.   María es una de estas personas que se siente intimidada por la tecnología. El mes pasado recibió la visita de su hija. Y quiso aprovechar la ocasión para que ella le acompañase a comprar un móvil táctil y, de paso, explicarle cómo funciona. María, además, está verdaderamente preocupada por su marido, al que ve un poco mayor y poco hábil para adaptarse a los cambios. A pesar de que la joven intenta convencer a sus padres de que los móviles con teclas no van a desaparecer, ellos prefieren estar prevenidos ante la arrolladora llegada de la tecnología táctil.   Desconozco el desenlace de esta historia. Seguramente tanto María como Antonio aprendan a usar los táctiles y, como eso, otras tantas tecnologías que hoy ni nos imaginamos. La cuestión es que no deberían asustarse por ello, sino pensar que venga lo que venga servirá para hacerles la vida más fácil.   Dicen que la buena tecnología es la que no se ve. Si es así, algo deben de estar haciendo mal los desarrolladores para que, detrás de los fans de todo cuanto nuevo dispositivo sale al mercado, exista cierta psicosis sobre un futuro incierto dominado por la tecnología. Una tecnología confusa y déspota que nos complique hasta el mero gesto de hacer una llamada telefónica.

 Advertencia, a continuación se relata un episodio de terror no apto para estómagos geeks.

 

En la capa invisible de la sociedad, aquella ignorada por directivos de marketing y creativos subidos a la parra viven personas que pasan de los 40, no tienen Facebook y usan el móvil, básicamente, para llamar y despertarse por las mañanas. En contra de lo que pueda parecer y, aunque muchos de ellos no cuenten con un título universitario que lo avale, esta gente sabe leer, es inteligente y hace la compra. No viven en grandes ciudades y por eso, seguramente, sean los número 1 consumiendo, por ejemplo, coches. Aunque no compren muchos huevos, porque los tienen en casa, son fieles a las marcas de toda la vida y están convencidos de que la calidad hay que pagarla. Sus sueldos no son los más altos pero disponen de una situación económica buena, entre otras cosas, porque habitan en una casa en propiedad que han terminado de pagar a los treinta y pocos años.

 

A pesar de su aparente apacibilidad, algunas de estas personas viven con miedo. Sufren el temor constante de que su actual teléfono móvil deje de funcionar. Saben que tarde o temprano esto va a suceder, lo que supondrá tener que enfrentarse a la última amenaza que les acecha, los smart-phones.

 

María es una de estas personas que se siente intimidada por la tecnología. El mes pasado recibió la visita de su hija. Y quiso aprovechar la ocasión para que ella le acompañase a comprar un móvil táctil y, de paso, explicarle cómo funciona. María, además, está verdaderamente preocupada por su marido, al que ve un poco mayor y poco hábil para adaptarse a los cambios. A pesar de que la joven intenta convencer a sus padres de que los móviles con teclas no van a desaparecer, ellos prefieren estar prevenidos ante la arrolladora llegada de la tecnología táctil.

 

Desconozco el desenlace de esta historia. Seguramente tanto María como Antonio aprendan a usar los táctiles y, como eso, otras tantas tecnologías que hoy ni nos imaginamos. La cuestión es que no deberían asustarse por ello, sino pensar que venga lo que venga servirá para hacerles la vida más fácil.

 

Dicen que la buena tecnología es la que no se ve. Si es así, algo deben de estar haciendo mal los desarrolladores para que, detrás de los fans de todo cuanto nuevo dispositivo sale al mercado, exista cierta psicosis sobre un futuro incierto dominado por la tecnología. Una tecnología confusa y déspota que nos complique hasta el mero gesto de hacer una llamada telefónica.

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