La hoja en blanco es una prueba dura de superar. Enfrentarte al duro folio virtual y comenzar a escribir. Primero debes saber de qué vas a hablar. De publicidad, claro. Pero no estaría mal concretar un poco más. Intentas contar algo de lo que te pasa a ti. Por aquello de escribir de lo que uno sabe. Sabemos de horas de trabajo, unas cuantas cada día. De briefings con timings imposibles, un clásico. Y a veces pecamos también de creer que sabemos. Somos así, un poco listillos.

Nos lo sabemos todo: el vídeo más visto en YouTube, la última aplicación para el Iphone, una tecnología que puede quedar muy pintona en la próxima campaña... Lo que ocurre es que pensamos que el ciudadano medio, ese al que dirigimos el mensaje, ha visto lo mismo que nosotros. Y nada nos parece lo suficientemente rompedor. Sentimos orgullo de nuestras ideas, lo cual no significa obligatoriamente algo malo, pero debemos hacer un ejercicio de empatía. No hacemos publicidad para publicitarios. Hacemos publicidad para personas normales que ven nuestros anuncios como interrupciones al programa que están viendo que, en el mejor de los casos, les da un descanso para ir al baño.

Cuando nos dicen que un anuncio no se entiende, antes de despreciar la opinión de alguien que “no tiene ni idea”, deberíamos probar a darle cierta credibilidad. Es difícil dar un paso atrás e intentar mirar de nuevo algo que para ti es obvio, pero antes de quedar en evidencia, estaría bien hacer este ejercicio. Una opinión no deja de ser una opinión, pero puede que no siempre el otro sea el que está equivocado. Es una pequeña lección de humildad, quizá no tan asumible para nuestro ego, pero muy valiosa para nuestro trabajo. No lo sabemos todo, pero podemos decir que al menos sabemos rectificar. Y eso, es de sabios.

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