Ni me reencontré con ningún amor de verano, ni con ningún amigo memorable de la infancia, ni agregué a nadie de mi familia de Argentina, ni siquiera ligué por Facebook. Así que me quité. No soy de las que les gusta ver las fotos de los demás y cuando lo hago, por puro aburrimiento, después me siento mal (como si me hubiese desquitado con un paquete de galletas de chocolate). Facebook puede que no engorde el michelín, pero sí el ego. Y me estoy poniendo a dieta. Porque sí soy de las que mira sus propias fotos una y otra vez. Así que me quité. Es verdad que últimamente la gente me hablaba más por Facebook. No por el chat, que yo no soy mucho de eso, sino a través de mensajes privados. Volver al mail me parece un atraso. Pero, con todo lo que nos empeñamos en actualizar frecuentemente: twitteres, blogues, foursquares, linkedines y demases, no hace falta ni que te escriban, que ya sabes de qué va cada uno. Así que me quité. Mientras tanto, aprovecho mis excedentes de tiempo, construyendo una teoría. A medida que las marcas se empeñan en una comunicación bidireccional, las personas nos comunicamos cada vez más unilateralmente. Vamos dejando nuestros mensajes en cada una de las plataformas de las que disponemos, buscando siempre el comentario, el “me gusta”, el reconocimiento, el “ei estoy aquí, ¿no me ves?”, empeñándonos en que nos presten atención. Véanse instagrams varios, apps de geolocalización, o el whatsapp sin ir más lejos, que ya es mandar smss a destajo sin importarte demasiado quién esté conectado. Conversaciones con muchos emisores y pocos receptores. Por eso nunca fui muy fan del Messenger y sigue sin convencerme demasiado el teléfono. Soy más de poner la oreja y mirar a los ojos, que la gente los suele tener bonitos.                

 

Ni me reencontré con ningún amor de verano, ni con ningún amigo memorable de la infancia, ni agregué a nadie de mi familia de Argentina, ni siquiera ligué por Facebook. Así que me quité.
No soy de las que les gusta ver las fotos de los demás y cuando lo hago, por puro aburrimiento, después me siento mal (como si me hubiese desquitado con un paquete de galletas de chocolate). Facebook puede que no engorde el michelín, pero sí el ego. Y me estoy poniendo a dieta. Porque sí soy de las que mira sus propias fotos una y otra vez. Así que me quité.
Es verdad que últimamente la gente me hablaba más por Facebook. No por el chat, que yo no soy mucho de eso, sino a través de mensajes privados. Volver al mail me parece un atraso. Pero, con todo lo que nos empeñamos en actualizar frecuentemente: twitteres, blogues, foursquares, linkedines y demases, no hace falta ni que te escriban, que ya sabes de qué va cada uno. Así que me quité.
Mientras tanto, aprovecho mis excedentes de tiempo, construyendo una teoría. A medida que las marcas se empeñan en una comunicación bidireccional, las personas nos comunicamos cada vez más unilateralmente. Vamos dejando nuestros mensajes en cada una de las plataformas de las que disponemos, buscando siempre el comentario, el “me gusta”, el reconocimiento, el “ei estoy aquí, ¿no me ves?”, empeñándonos en que nos presten atención. Véanse instagrams varios, apps de geolocalización, o el whatsapp sin ir más lejos, que ya es mandar smss a destajo sin importarte demasiado quién esté conectado. Conversaciones con muchos emisores y pocos receptores. Por eso nunca fui muy fan del Messenger y sigue sin convencerme demasiado el teléfono. Soy más de poner la oreja y mirar a los ojos, que la gente los suele tener bonitos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Comment